Los abusos en Rincón, contados desde adentro

Los abusos en Rincón, contados desde adentro


La primera denunciante del entrenador, imputado por 14 abusos, describió cómo hacía para seleccionar, captar y violentar a sus alumnos. «Nosotras sabíamos que eso no estaba bien. Pero, cuando salíamos de ahí, sabíamos que eso no se contaba», recordó.


En San José del Rincón un entrenador de triatlón tejió una red de abuso sexual infantil durante dos décadas, aprovechándose de sus alumnos. A poco más de un mes de su detención, la denunciante que destapó este horrible entramado habló sobre los métodos y estrategias desplegados por Walter Sales Rubio para elegir, captar y someter a sus víctimas.  

Micaela Allende tiene 22 años. Fue víctima del entrenador desde los 11 y hasta los 15, pero no fue sino hasta el año pasado que logró poner en palabras lo sucedido. «Creo que recién ahí caí en la gravedad de lo que me había hecho, en que no era algo que yo quería, porque a los 11 años nadie tiene deseo sexual, y en que se lo había hecho a un montón de chicos más», comparte.

El 19 de julio último radicó la primera denuncia en contra de quien fuera su entrenador por el abuso sexual al que la sometió. Tomó esta decisión a sabiendas de que no era la única, y con la esperanza de que si bien «no se puede volver atrás ni solucionar nada, lo que una sí puede hacer es que no le pase a nadie más».

A su denuncia se sumaron cuatro más en el término de tres días, y a la semana ya eran catorce. Hoy, son al menos 17 las víctimas que se han acercado a la Justicia. Walter Sales Rubio (42) está en prisión preventiva, al igual que su pareja Sheila Arteriza (30). La hermana de ella, Solange (26), también fue imputada en el marco de la investigación, y la madre de ambas -Alicia Reina- tiene pedido de captura. 

Atención, conflictos y silencio
 

Cuando Micaela tenía apenas 10 años comenzó a participar de la escuelita de natación que gestionaba la Municipalidad de Rincón, donde reside. El encargado de las clases era Sales Rubio, muy conocido en la ciudad debido a su trabajo como inspector municipal y como entrenador. Ese fue su primer contacto con él.

Asistió durante un par de meses, y luego se inscribió en la escuela de triatlón. Por entonces, las hermanas Arteriza eran alumnas, y Sheila ya llevaba varios años en pareja con el entrenador, a pesar de que era una adolescente. Después de hablar con sus compañeras sobre aquella época, se dieron cuenta de que: «Nosotras sabíamos que eso no estaba bien, lo que veíamos, lo que pasaba. Pero, cuando salíamos de ahí, sabíamos que eso no se contaba».

Incluso antes de pasar a convertirse en parte de la larga lista de víctimas, notaba «que algo pasaba», aunque no tenía bien en claro qué. Por ejemplo, cuando entraba alguien nuevo que generaba un interés especial en Sales Rubio, «era toda la atención para con esa persona». Pero no sólo para las cuestiones técnicas del deporte en sí, sino en general, «y para un chico la atención es re importante». No era con todas, «para mí él estudiaba la personalidad de cada una», las elegía. 

Además, «él nunca dejó que nosotras nos lleváramos bien entre compañeras. Estábamos solas, porque él generaba conflictos, entonces terminábamos no hablando con el resto». Así las mantenía aisladas, sólo se veían para entrenar pero no permitía que desarrollaran relaciones por fuera del deporte porque «eso no le convenía».

Micaela forma parte del grupo Pañuelos Amarillos Rincón, y acompañó las movilizaciones que se hicieron en Rincón contra los abusos.Foto: Gentileza

«Nos entregaba»
 

Los abusos comenzaban de manera casi imperceptible para las niñas, él les compraba ropa para que lucieran, hasta que comenzaron los tocamientos, y la violencia sexual fue escalando. Gran parte de los ultrajes tenía lugar en la casa de las hermanas Arteriza, ubicada a tres cuadras de la plaza de Rincón, donde se reunían los grupos para entrenar. 

Entonces «nos citaba un rato antes o, a veces, cuando estábamos todos afuera estirando aparecía Sheila con una excusa» (como la de mostrarles la ropa nueva que se había comprado), para que la siguieran hasta el interior de la casa, donde aguardaba Sales Rubio. «Ella era la que nos entregaba», destaca Micaela.

Las víctimas sabían que no eran las únicas, «él te lo hacía saber, y a parte te dabas cuenta por el trato», además las usaba de ejemplo con el resto. Si bien la atención desaparecía cuando después de haber logrado el sometimiento, otra alumna despertaba el interés del entrenador, los abusos no se detenían. De hecho, «él no sólo te lo hacía, sino que te obligaba a que vos veas y participes» de diferentes prácticas sexuales, junto a otros compañeros. «Pero siempre se trataba del grupito que él sabía que podía manejar».

«La peor etapa»
 

Micaela fue alumna de Sales Rubio hasta los 15 años. Recuerda que, como asistía a una secundaria con jornada completa y las clases de triatlón eran a la siesta, debía reunirse a solas con el entrenador y sus colaboradoras, a la tardecita. «Esa fue la peor etapa, hasta que no aguanté más», y con la excusa de que terminaba de cursar muy cansada, convenció a sus padres para dejar de asistir.

Pero dejar de participar de las prácticas no fue suficiente para alejar a Sales Rubio de su vida, que se aparecía de imprevisto por su casa, o inventaba excusas para comunicarse con ella, llegando incluso a advertirle por Whatsapp cuando -como inspector- se enteraba de que habría controles viales. «Ahora que lo pienso, creo que era para mantener el control», señala. 

Con el tiempo inhibió los recuerdos del abuso, que resurgieron recién en agosto del año pasado cuando logró ponerlo por primera vez en palabras. A partir de ahí hizo un ‘clic’, bloqueó al entrenador de sus redes y comenzó a evitarlo. «Llegué a no querer hablar del tema a la noche porque tenía miedo de soñarlo, o que se me apareciera», recuerda Micaela. Habló con una amiga, que solía ser su compañera de triatlón, y recién en enero de 2021 se enteró su núcleo familiar. Ese mismo mes su ahijado, de 6 años, se volvió alumno de Sales Rubio, «y eso me partió al medio».

La denuncia
 

El niño dejó de asistir, pero la situación provocó un cambio en Micaela: «Lo pensé durante meses, me sentía mal, egoísta, porque a mí ya me pasó y no se puede volver atrás ni solucionar nada. Lo que una sí puede hacer es que no le pase a nadie más», o al menos intentarlo.

El miedo a la respuesta de la ciudad, ya que el entrenador era muy querido por todos, la paralizaba, y si bien sabía de la existencia de otras víctimas «pensaba que nadie iba a salir a respaldarme». Fue en julio, después de hablar con una de las fundadoras del grupo Pañuelos Amarillos Rincón, que se animó a radicar la denuncia.

Reunió a toda su familia y se aseguró de que se enteraran por ella de lo sucedido, y el lunes 19 se dirigió a una Comisaría de la Mujer en Santa Fe, para evitar rumores en su ciudad. Así comenzó a destaparse la historia de abusos que conmocionó a Rincón, y a toda la provincia. 

Noticia de: El Litoral (www.ellitoral.com)

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